Vexílla Regis

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MIENTRAS EL MUNDO GIRA, LA CRUZ PERMANECE

LOS QUE APOYAN EL ABORTO PUDIERON NACER

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NO AL ABORTO. ELLOS NO TIENEN LA CULPA DE QUE NO LUCHASTEIS CONTRA VUESTRA CONCUPISCENCIA

NO QUEREMOS QUE SE ACABE LA RELIGIÓN

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No hay forma de vivir sin Dios.

ORGULLOSAMENTE HISPANOHABLANTES

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jueves, 31 de diciembre de 2009

LOS SIMPSON, ELOGIADOS POR LA IGLESIA CONCILIAR

DEFINITIVAMENTE, YA NO PODEMOS SOPORTAR MÁS. LA INMORALIDAD ES ELEVADA A MORAL. ¡SEÑOR, EN QUÉ TIEMPOS NOS HALLAMOS AHORA!





Celebremos que un tal "Estado Vaticano" nos dio la Bendición Apostólica. ¡Yahoo! (Homero J. Simpson)

De Radio Cristiandad


¡PERO ESTO ES EL COLMO! COMO SI LOS SIMPSON NO FUERAN LO SUFICIENTEMENTE INSULTANTES CONTRA LA RELIGIÓN Y LA MORAL... ¡Y ENCIMA L´OBSSERVATORE ROMANO, LA NUEVA REVISTA DE LA FARÁNDULA , LOS RECONOCE!!!



El periódico L´Osservatore Romano destacó virtudes de los personajes creados por Matt Groening y que buena parte del planeta no sabría cómo reírse sin ellos. Aplaudió la postura irreverente y mordaz acerca de la religión organizada.

Era el único reconocimiento que le faltaba a Los Simpson en su temporada número 20 y es el que menos esperaba Matt Groening. Nada menos que L´Osservatore Romano, el periódico vaticano, fue el que celebró su vocación filosófica y su postura irreverente y mordaz acerca de la religión organizada.

Sin Homero Simpson y sus vecinos amarillos -dice la publicación en un artículo titulado “Las virtudes de Aristóteles y la dona de Homero”- buena parte del planeta no sabría cómo reírse. También felicitó al programa animado, el más longevo de la TV de su país, por la posibilidad de acercar los dibujitos a una audiencia adulta.

El show se apoya en un “guión realista e inteligente”, se dice allí, aunque L´Osservatore… expresa también sus reparos ante “el lenguaje vulgar y la violencia de ciertos episodios y algunas decisiones extremistas de los autores”.

La religión aparece tan frecuentemente en Los Simpson, desde los sermones soporíferos del reverendo Alegría hasta las charlas cara a cara de Homero con Dios, que sería posible recabar una “teología simpsoniana”. La confusión e ignorancia religiosa del patriarca del programa son un acabado reflejo de “la indiferencia y también la necesidad que siente el hombre moderno frente a la espiritualidad”, según sostiene el diario italiano.

Diálogo con Dios

Entre los momentos más memorables de la serie, L´Osservatore… recuerda aquel grito desesperado de Homero, que pide al cielo: “No soy un hombre religioso, pero si estás allí arriba, ¡sálvame Superman!”, cuando reflexiona sobre que el personaje encuentra en Dios su último refugio. “Aunque a veces se equivoca al nombrarlo, son sólo pequeños detalles: ellos se conocen muy bien.”

La serie culminará su temporada número veinte con una gran campaña promocional en Fox, que teñirá su pantalla de amarillo (al menos en los Estados Unidos) para celebrar su permanencia en la cultura popular de todo el mundo. Este último fenómeno será el tema de un documental de una hora dirigido por Morgan Spurlock (aquel de Super Size Me) con testimonios de los muchos artistas y pensadores en los que ha influido a lo largo de los años.

Fuente: AP


Jorge de la Compasión dice: Al respecto cito un fragmento de la Excomunión Latae Sententiae decretada por Alejandro IX de los Mercedarios de María en Elx (España):

“Las Televisiones y Radios en las que se difundan pensamientos obscenos, indecorosos, promiscuos, libertinos, amorales. Quienes los vieren o escucharen o hicieren oír y escuchar a sus hijos, pues en ellas vive el demonio. Sean Malditas y Malditos todos ellos. (…) Amén. ¡Así sea! Amén.”

SAN SILVESTRE I, PAPA

He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe.
Nada me resta sino aguardar la corona de justicia que me está reservada.
(2 Timoteo 4, 7-8)



San Silvestre I y el Emperador Constantino



San Silvestre I se había distinguido por su celo y su caridad durante la primera persecución. Subió a la cátedra de San Pedro en el año 314, menos de un año después del edicto de Milán, que concedía la paz a la Iglesia. Recibió de Constantino el palacio de Letrán y en él estableció su morada, así como la basílica principal de Roma. El mismo año envió delegados al Concilio de Arlés, donde fueron condenados los donatistas, y después, en el año 325, al Concilio general de Nicea, que anatematizó a Arrio. Murió San Silvestre en el año 335.



MEDITACIÓN: TRES REFLEXIONES SOBRE EL AÑO TRANSCURRIDO


I. ¿Podría decir con verdad como San Pablo: He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe? Hete aquí al término del año; repasa en tu espíritu todo el bien y todo el mal que has hecho durante este año, y mira si tus buenas acciones son más numerosas que las malas. ¿Cuántos días transcurrieron sin que hicieras nada para Dios? Sin embargo, este año te fue dado únicamente para servirlo, para hacer penitencia de tus pecados y merecer el cielo mediante la práctica de las buenas obras.


II. ¿Dónde están ahora los placeres y los honores de que gozaste durante este año? ¡Todo ha pasado, y no te queda sino el triste recuerdo de haber ofendido a Dios por bienes pasajeros y falaces! ¿No es verdad que, al contrario, experimentas una gran alegría por el bien que hiciste tratando de agradar a Dios? Ya no experimentas el esfuerzo que tus buenas obras te costaron y tienes la esperanza de ser recompensado por ellas. Tu vida pasará como este año, tus placeres pasarán tanto como tus trabajos, y el único consuelo que te quedará será haber servido al Señor. ¿Quién me devolverá este día, este año que perdí en la vanidad? (San Euquerio).


III. Acaso pasaste parte de este año en pecado mortal. Si durante esa época hubieras muerto, ¿dónde estarías ahora? Dios te ha dado tiempo para hacer penitencia; aprovéchalo mejor en lo porvenir ¡acaso no tengas más que este año de vida! Prepárate, pues, a morir, haz una buena confesión, y si quieres pasar santamente todos los días del año que va a comenzar piensa todos los días en la muerte y en la eternidad. Dios te ha ocultado tu último día, para que te prepares a él todos los días de tu vida (San Agustín).

El pensamiento de la muerte.
Orad por vuestros bienhechores.



ORACIÓN


Pastor eterno, considerad con benevolencia a vuestro rebaño, y guardadlo con protección constante por vuestro bienaventurado Sumo Pontífice Silvestre, a quien constituisteis pastor de toda la Iglesia. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 28 de diciembre de 2009

LOS SANTOS INOCENTES MÁRTIRES

Herodes mandó matar a todos los niños que había en Belén
y en toda su comarca, de dos años abajo.
(Mateo 2, 16)


Matanza de los inocentes


Había Jesús nacido en Belén y los magos vinieron de Oriente a la corte de Herodes para averiguar dónde acababa de nacer “el rey de los judíos”. Turbose Herodes y, habiendo convocado a los príncipes de los sacerdotes, les preguntó donde debía nacer el Cristo. Llamó después a los magos en secreto y les dijo: “Id, informaos con cuidado acerca de este niño, y cuando lo hayáis encontrado, hacédmelo saber, para que yo también vaya a adorarlo”. Pero los magos, advertidos por el Cielo, no volvieron. Se enfureció Herodes e hizo degollar a todos los niños de Belén y sus alrededores, hasta la edad de dos años. Este bautismo de sangre envió muchos ángeles al cielo.

MEDITACIÓN SOBRE LA FIESTA DE LOS SANTOS INOCENTES

I. Estos niños vertieron su sangre por Jesucristo antes de conocerlo. Hace ya tantos años que tú conoces a Dios y los beneficios con que te ha colmado, y ¿cómo lo has servido? Dale la flor de tu vida, conságrale a su servicio tus mejores años, como los santos inocentes. ¡Dichosos niños, no pueden aún pronunciar el nombre de Cristo, y ya merecen morir por Él! (San Eusebio). 

II. No es hablando, sino sufriendo y muriendo, como estas primicias de los mártires, estas flores de la naciente Iglesia confesaron la fe de Jesucristo. A menudo Dios pide que tú lo confieses callándote y sufriendo. Te calumnian, te persiguen: sufre, cállate. ¡Ah! ¡cuán elocuente testimonio de tu fidelidad es esta paciencia muda! En vano dices que eres totalmente de Dios: corresponde que lo digan tus acciones; trabaja por Dios, sufre por amor suyo.

III. Debes ser inocente como estos niños si quieres entrar en el cielo: Si perdiste la inocencia bautismal, es preciso que laves tu alma en las amargas aguas de la penitencia. Ojos míos, derramad vuestras lágrimas para extinguir el fuego del infierno y aun del purgatorio, y para lavar mis pecados; porque nada que esté sucio entrará en el reino de los cielos. ¡Dichoso si a semejanza de estas santas almas, podemos obtener la corona del martirio! Esta edad, todavía no apta para la lucha, está ya madura para la victoria.

La pureza.
Orad por los niños de China.

ORACIÓN

Oh Dios, cuyos inocentes mártires publican hoy la gloria no con sus palabras sino con su sangre, haced morir en nosotros los vicios todos, a fin de que la santidad de nuestra vida venidera proclame la fe que confiesan nuestros labios. Por J. C. N. S. Amén.

domingo, 27 de diciembre de 2009

SERMÓN DEL DÍA DE SAN JUAN EVANGELISTA

Por el Padre Juan Carlos Ceriani - Desde Radio Cristiandad


San Juan Evangelista redactando el Apocalipsis

El Apóstol San Juan era natural de Betsaida. Sus padres fueron Zebedeo y Salomé; y su hermano, Santiago el Mayor. Formaban una familia de pescadores que, al conocer al Señor, no dudaron en ponerse a su total disposición: Juan y Santiago, en respuesta a la llamada de Jesús, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron; Salomé, la madre, sirviéndole con sus bienes en Galilea y Jerusalén, y acompañándole hasta el Calvario.

Juan había sido discípulo del Bautista cuando éste estaba en el Jordán, hasta que un día pasó Jesús cerca y el Precursor le señaló: “He ahí el Cordero de Dios”. Al oír esto, junto con San Andrés, fue tras el Señor y pasó con El aquel día. Nunca olvidó San Juan este primer encuentro.

Volvió a su casa, al trabajo de la pesca. Poco después, el Señor le llama definitivamente a formar parte del grupo de los Doce.

San Juan era, con mucho, el más joven de los Apóstoles; no tendría aún veinte años cuando correspondió a la llamada del Señor, y lo hizo con el corazón entero, con un amor indiviso, exclusivo.

Toda la vida de Juan estuvo centrada en su Señor y Maestro; en su fidelidad a Jesús encontró el sentido de su vida. Ninguna resistencia opuso a la llamada, y supo estar en el Calvario cuando todos los demás habían retrocedido.

Sabido es que los dos hermanos fueron llamados por Jesús “hijos del trueno”, por su entusiasmo y fogosidad.

Pedro, Santiago y Juan formaron el grupo predilecto de Jesús. Los tres presenciaron su Transfiguración, le acompañaban en el momento de la resurrección de la hijita de Jairo, fueron testigos de su agonía en el huerto de Getsemaní.

Entre las predilecciones particulares que el Maestro reservó a San Juan, recordemos que en la Última Cena le dejó reclinar la cabeza sobre su costado, que fue el único discípulo suyo que estuvo al pie de la Cruz, que poco antes de morir en ella le dejó encomendada a su Madre.

Junto con San Pedro preparó, por encargo de Jesús, la Cena pascual y comprobó que el sepulcro estaba vacío en la misma mañana de la Resurrección.

En los episodios posteriores a ésta, los dos aparecen constantemente juntos, defendiendo, por ejemplo, a Jesús ante el Sanedrín y soportando sus increpaciones. A los dos hallamos juntos predicando y bautizando a las muchedumbres, en los días inmediatos a Pentecostés. Los dos van a Samaria para invocar allí al Espíritu Santo sobre los ya bautizados, es decir: para administrarles la Confirmación.

Sabemos que predicó en Samaria, que asistió al Concilio de Jerusalén en el año cincuenta, que llevó al lado de la Virgen María una vida muy recogida, la cual continuó después de la Asunción de la Madre de Dios.

En el ocaso del primer siglo reaparece con toda su prestancia su figura; dominando el fin de la era apostólica con una majestad incomparable, debida al poder de su palabra y al prestigio de su autoridad.

San Ireneo, Padre de la Iglesia, quien fue discípulo de San Policarpo, quién a su vez fue discípulo de San Juan, es una segura fuente de información sobre el Apóstol

La Tradición nos enseña que entre la muerte de San Pedro y San Pablo y la ruina de Jerusalén, Juan fue a establecerse en Éfeso, seguido de una verdadera colonia de cristianos de Jerusalén, lo cual se explica perfectamente por el movimiento de dispersión que tuvo lugar en aquellos tiempos de guerra judaico-romana y de crisis de la Ciudad Santa, poco antes de su temida ruina, anunciada por Jesucristo, y consumada el año 70.

Cuando habían desaparecido todos los “testigos de la Palabra”, los oyentes de Jesús, quedaba allí Juan, que había visto al Maestro con sus ojos, y le había tocado con sus manos, y había recogido las últimas palabras de su vida mortal.

Es Tertuliano, el gran apologista (siglos II-III), quien cuenta que San Juan sufrió en Roma la terrible prueba del aceite hirviente. La tradición señala como lugar del hecho la Puerta Latina: un campo de las afueras de la Urbe, al principio de la vía que atravesaba el Lacio.

Podemos imaginar la escena: El venerable anciano ha sido echado, con las manos atadas, en una gran caldera llena de aceite que hierve y chisporrotea; los verdugos atizan el fuego y le contemplan estupefactos, reza el Mártir con los ojos fijos en el Cielo; se le ve sereno, alegre.

Se desiste de traer nuevas cargas de leña y de revolver el brasero; es inútil: nada puede hacer daño a la carne virginal de aquel hombre prodigioso; el fuego le respeta y el aceite que arde es para él como un rocío.

Tertuliano lo narra con emoción, añadiendo que el Evangelista, después de haber salido incólume del perverso baño, fue relegado, por orden imperial, a una isla. Este martirio lo festeja la Iglesia el 6 de mayo.

Consta históricamente que fue la de Patmos, en el mar Egeo, árida, agreste, volcánica; allí tendrá las visiones del Apocalipsis y permanecerá largos meses, hasta la muerte de Domiciano, para regresar a su Éfeso querida, amparado por una amnistía general.

Fue entonces cuando escribió su Evangelio. Él mismo nos revela el objetivo que tenía presente al escribirlo. “Todas estas cosas las escribo para que podáis creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y para que, al creer, tengáis la vida en Su nombre”.

Su Evangelio tiene un carácter enteramente distinto al de los otros tres y es una obra teológica tan sublime que, como dice Teodoreto, “está más allá del entendimiento humano el llegar a profundizarlo y comprenderlo enteramente”.

La elevación de su espíritu y de su estilo y lenguaje, está debidamente representada por el águila que es el símbolo de San Juan el Evangelista.

También escribió el Apóstol tres epístolas. A lo largo de todos sus escritos, impera el mismo inimitable espíritu de caridad.

La tradición nos ha transmitido un hermoso anecdotario de la última vejez del Apóstol. Entusiasta de la pureza de la fe, no se recató de manifestar su más absoluta repugnancia contra las primeras herejías que en la Iglesia aparecieron.

San Ireneo cuenta que habiendo ido Juan, en cierta ocasión, a los baños públicos de Éfeso, vio que estaba en ellos el hereje Cerinto y salió inmediatamente afuera, diciendo: “Huyamos de aquí; no sea que vaya a hundirse el edificio por haber entrado en él tan gran adversario de la verdad”.

Contra Cerinto, precisamente y otros herejes como los Ebionitas, que negaban la divinidad de Jesucristo, escribió el cuarto Evangelio a ruegos de los Obispos de Asia.

San Jerónimo, en su libro Sobre los Escritores Eclesiásticos, dice que San Juan vivió hasta los días del Emperador Trajano (98-117) y falleció sesenta y ocho años después de la Pasión del Señor.

De acuerdo con San Epifanio, San Juan murió pacíficamente en Efeso hacia el tercer año del reinado de Trajano, cuando tenía la edad de noventa y cuatro años.

Como fruto de esta fiesta, debemos considerar que San Juan nos enseña a amar a Jesucristo, al prójimo y a la Santísima Virgen.

En primer lugar, San Juan nos ofrece en toda su vida uno de los más bellos modelos de la caridad a Jesucristo.

Sus actos como sus escritos no son más que inspiraciones de la caridad.

Fue la caridad la que inspiró su pureza virginal y sus correrías evangélicas, primero a través de las ciudades de Israel y los campos de Samaría, y después de Pentecostés, a través del Asia, en donde funda iglesias, consagra obispos, combate a los herejes.

Su caridad le condujo, en la noche de la Pasión, en medio de un pueblo enfurecido, para buscar a su amado, y, en el mismo día de la Pasión, estuvo al pie de la Cruz para servir de consuelo a Jesús, ya que no podía servirle de defensa.

Y después de la muerte de Jesús, la caridad le hizo desafiar el destierro, el martirio, el aceite hirviendo y el furor de los tiranos.

Porque San Juan amó mucho, Jesús reunió en él todos los favores repartidos entre los otros: lo hizo a la vez Apóstol, Evangelista, Profeta, Obispo, Doctor, Mártir, Confesor, Virgen, Patriarca y Fundador de las iglesias de Asia.

Jesús dejó desbordar sobre él tesoros de luz: le hizo alzar la vista hasta el seno del Padre para contemplar la generación del Verbo, estamparla en su Evangelio y leer en lo porvenir los combates de la Iglesia, sus dolores y su triunfo; la caída de la idolatría y los sucesos de los últimos tiempos.

En segundo lugar, vemos que, si los otros Evangelistas no han hecho sino indicar el precepto de la caridad, a San Juan le ha sido dado desenvolverlo en toda su belleza.

Es él quien nos enseña que la caridad evangélica es un mandamiento verdaderamente nuevo, por la perfección a que debe elevarse; que es el carácter distintivo del cristiano; que nuestra caridad debe modelarse por el mismo amor que Jesucristo tiene a los hombres; que ha de perdonar cuanto mal nos hagan, y no oponer sino amor a la ingratitud y a la indiferencia; que debe tomar por modelo algo más alto, cual es el amor que se tienen las tres Divinas Personas.

Finalmente, San Juan amó siempre a la Santísima Virgen como a Madre de Jesús; y este título le bastaba al discípulo a quien amaba Jesús.

Después la amó como a su propia Madre, en virtud del legado que Jesús le hizo al morir, diciéndole: Hijo mío, he aquí a tu madre.


El era su ángel tutelar, su consuelo, su apoyo, su refugio.

Desde la muerte del Salvador, la recibió en su propio hogar, viuda afligida y madre dolorosa y desconsolada; le prodigó los más solícitos y tiernos cuidados y mientras vivió proveyó a sus necesidades.

Aprendamos de San Juan a amar a Jesucristo; a amar al prójimo; a amar de un modo especial a la Santísima Virgen.

Tomemos la resolución de hacer todas nuestras acciones por amor a Dios; de amar al prójimo con un amor generoso, que sepa soportar y perdonar; de avivar nuestro amor hacia la Santísima Virgen.

Hoy, en su festividad, contemplamos al discípulo a quien Jesús amaba con una santa envidia por el inmenso don que le entregó el Señor, su propia Madre.

Todos los cristianos, representados en Juan, somos hijos de María.

Hemos de aprender de San Juan a tratarla con confianza. El recibe a María, la introduce en su casa, en su vida.

Los autores espirituales han visto en esas palabras que relata el Santo Evangelio una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas.

María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre.

Que San Juan Evangelista nos alcance estas gracias y todas las otras que nuestra alma necesita.

SAN JUAN EVANGELISTA

Pedro vio venir detrás al discípulo amado de Jesús,
aquél que en la Cena se reclinara sobre su pecho.
(Juan 21, 20)



San Juan Evangelista


San Juan era todavía joven cuando siguió a Jesús. Fue su discípulo predilecto a causa de su inocencia; asistió a su transfiguración, se recostó en su pecho en la última Cena, subió con Él al Huerto de los Olivos, y recibió a María como Madre, ayudó a sepultar al Salvador y acudió el primero con Magdalena a su tumba el día de su resurrección. Después de la Ascensión, fue a predicar el Evangelio al Asia Menor y se estableció en Éfeso con la Santísima Virgen. Conducido a Roma en el año 95, bajo Domiciano, y arrojado a una caldera de aceite hirviendo, salió de ella sano y salvo y fue desterrado a la isla de Patmos, donde compuso el Apocalipsis. De vuelta a Éfeso, escribió contra los gnósticos su Evangelio que, con sus tres Epístolas, es el inflamado código de la caridad. Sobrevivió a todos los otros Apóstoles.


MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SAN JUAN


I. He aquí al amigo íntimo de Jesús, aquél que descansó sobre su pecho en la última Cena, y a quien el divino Salvador hizo partícipe de sus más grandes secretos. La primera condición de una verdadera amistad es no tener secretos para el amigo. ¿Está abierto tu corazón para Jesús? ¿No tomas ninguna resolución sin haberlo consultado? En todo tiempo puedes penetrar en su corazón por la adorable llaga de su costado; ¡y Él no puede hacerlo en el tuyo, lleno como está totalmente de las creaturas! Os amo, oh Dios mío, y deseo amaros siempre más (San Agustín).


II. La segunda cualidad de la amistad es compartir con el amigo lo que se posee. Ahora bien, Jesús durante su vida diose todo entero a San Juan y, al morir, le dio a su madre. “Hijo mío, dijo, he aquí a tu Madre”. San Juan se había dado por entero a Jesús, había abandonado todo para seguirlo. Date del mismo modo todo entero a Jesús, si quieres ser su amigo. ¿A quién destinas tu corazón? El mundo es indigno de poseerlo. ¿Qué has dado a Jesús en retribución de su ternura? ¿Le has consagrado tu cuerpo, tu voluntad, tu inteligencia, en una palabra todo lo que eres y todo lo que posees?


III. En fin, la tercera cualidad de la amistad es la semejanza: el amor hace semejantes a los amigos, si ya no lo son. Fue también este amor el que hizo a San Juan semejante a Jesús, lo hizo también hijo espiritual de María. Jesús te amará, si te asemejas a Él. Para lograrlo, es menester, no que te recuestes visiblemente sobre el corazón de Jesús, sino que Jesús venga a tu corazón, y que no tengas tú otra voluntad que la suya. Tener los mismos gustos y las mismas repugnancias; he ahí la verdadera amistad (San Jerónimo).


El amor de Dios.
Orad por el aumento de la caridad.


ORACIÓN

Dignaos, oh Dios de bondad, derramar sobre vuestra Iglesia los rayos de vuestra luz celestial, a fin de que iluminada con las enseñanzas de San Juan, vuestro Apóstol y Evangelista, alcance las recompensas eternas. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 26 de diciembre de 2009

VIDEO SOBRE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS

 

VIDEO EXPLICACIÓN DE LA GRAN TRIBULACIÓN Y ALGUNAS ADVOCACIONES DE LA SANTÍSIMA VIRGEN. ANUNCIAMOS QUE PUEDE HERIR LA SENSIBILIDAD DEL CRISTIANO, AUNQUE TAMBIÉN PUEDE CONVERTIR MUCHAS ALMAS. 

Aquí

viernes, 25 de diciembre de 2009

JUAN PABLO II AUTOPROCLAMADO

Tomado de CATÓLICOS ALERTA
 
Parte I: COMENTARIO DE LA CARTA "ROSÁRIUM VÍRGINIS MARÍÆ", POR EL ABAD JORGE DE NANTES
  
Supuestamente, el Vaticano reconoce las apariciones de Lourdes y Fátima. Pero realmente, no aman a Nuestra Señora, porque no cumplen lo que Ella pidió (rezar el Rosario), y cuando lo “cumplen”, lo hacen mal.
 
En el Carmelo de Coimbra, el altar del Sagrado Corazón está dominado por una estatua que representa el Corazón eucarístico de Jesús. Sor Lucía escribía el 16 de septiembre de 1970 a la madre Martins, que había sido su compañera en Tuy en el noviciado de las hermanas Doroteas:
«La oración del Rosario o tercio es, después de la Santa Misa, la que une más a Dios por la riqueza de las oraciones que la componen, todas las cuales vienen del Cielo, dictadas por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Gloria que recitamos en todos los misterios, lo dictó el Padre a los Ángeles cuando los envió a cantar junto a su Verbo que acababa de nacer, y es un himno a la Santísima Trinidad. El Padrenuestro nos fue dictado por el Hijo,y es una oración dirigida hacia el Padre. Toda el Avemaría está impregnada de sentido trinitario y eucarístico. […]. El tercio es la oración de los pobres y de los ricos, de los sabios y de los ignorantes: quitar esta devoción a las almas, es quitarles el pan espiritual de cada día».
 
Juan Pablo II señaló el vigésimocuarto aniversario de su subida al soberano pontificado el miércoles pasado, 16 de octubre de 2002, por una Carta apostólica sobre el Rosario, dirigida a los obispos, sacerdotes y fieles: Rosárium Vírginis Maríæ.

«Al Papa le gusta el Rosario», afirma a Yves Pitette, corresponsal de La Croix en Roma, donde está a la escucha permanente de todo lo que dice y hace el Papa. Para darnos una prueba de su amor por el Rosario, el Papa debe con todo remontarse a los primeros días de su reinado: «Hace veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, dos semanas después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: “El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad”». Después, parece que ya no haya hablado. En todo caso, considera hoy «la urgencia de afrontar una cierta crisis de esta oración que, en el actual contexto histórico y teológico, corre el riesgo de ser infravalorada injustamente y, por tanto, poco propuesta a las nuevas generaciones». ¡Vaya puntería! ¿Quién tiene la culpa, si el Papa la recomendó tan poco desde hace veinticuatro años?
  
Por ello, después de haber puesto «mi primer año de pontificado en el ritmo cotidiano del Rosario» escribe, llegado «al inicio de mi vigésimo quinto año de servicio como Sucesor de Pedro, quiero hacer lo mismo». Porque, después de haber sido «una oración apreciada por numerosos santos y fomentada por el Magisterio», el Rosario de la Virgen María «sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado, una oración de un gran significado, destinada a producir frutos de santidad».
 
¿Cómo es eso? «Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor». ¡Cuán revelador es este «como» de una denegación obstinada de la Mediación universal de Nuestra Señora!
 
¿Por qué «también en este tercer milenio apenas iniciado»? Se esperaría más bien: sobre todo, en la noche que se va haciendo espesa. El Papa revela aquí que persiste en su utopía milenarista, a pesar de todos los crueles mentises de la actualidad diaria.
  
Una segunda razón contribuye a volver a poner en valor el Rosario a los ojos del Papa: «La urgencia de implorar de Dios el don de la paz. El Rosario ha sido propuesto muchas veces por mis Predecesores y por mí mismo [y por la Virgen en Persona, en Fátima, en seis ocasiones… ¿el Papa no lo sabe?] como oración por la paz. Al inicio de un milenio que se ha abierto con las horrorosas escenas del atentado del 11 de septiembre de 2001 y que ve cada día en muchas partes del mundo nuevos episodios de sangre y violencia, promover el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que es nuestra paz, el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad (Ef. 2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano.
«Otro ámbito crucial de nuestro tiempo, que requiere una urgente atención y oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y, con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual» (n° 6).
  
Pero el Papa desea destacar que esta «directiva pastoral» es de su sola iniciativa. ¡No vaya a creerse, sobre todo, en una voluntad de obedecer a las solicitudes reiteradas de Nuestra Señora de Fátima, de recitar el tercio todos los días, aunque haya descendido del Cielo para eso!
 
«Son conocidas las distintas circunstancias en las que la Madre de Cristo, entre el siglo XIX y XX —escribe el Papa—, ha hecho de algún modo notar su presencia y su voz para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma de oración contemplativa».
 
Por eso el Papa no habla de ellas.
«Deseo en particular recordar, por la incisiva influencia que conservan en el vida de los cristianos —sólo esto concede— y por el acreditado reconocimiento recibido de la Iglesia, las apariciones de Lourdes y Fátima, cuyos Santuarios son meta de numerosos peregrinos, en busca de consuelo y de esperanza».
 
¿Y de perdón? ¿Y de gracia? El Papa no habla de esas cosas.
 
En Lourdes, viniendo ella misma a la tierra a decir: «“Yo soy la Inmaculada Concepción”, se diría que Nuestra Señora vino a confirmar la palabra de nuestro Santo Padre», decía Bernardita. Con todo, Juan Pablo II no hace la menor alusión a la Inmaculada Concepción, ni a Pío IX que la definió en 1854.
 
En Fátima, en 1917, Nuestra Señora dijo el 13 de mayo: «Recitad el rosario todos los días con el fin de obtener la paz para el mundo y el final de la guerra». Repite el 13 de junio, el 13 de julio, el 19 de agosto, el 13 de octubre: «Quiero que recitéis el rosario todos los días»; y el 13 de septiembre: «Seguid recitando el rosario para obtener el final de la guerra».
  
Una nota explica por qué Juan Pablo II no se basa en la autoridad de la Madre de Dios: «las revelaciones privadas no son de la misma naturaleza que la revelación pública, normativa para toda la Iglesia».
  
Las únicas referencias de Juan Pablo II son pues León XIII, el «Papa del Rosario» el «beato (sic) Juan XXIII», y «sobre todo» Pablo VI» y… uno mismo,
«de acuerdo con las consideraciones hechas en la Carta apostólica Novo millénnio ineúnte, en la que, después de la experiencia jubilar, he invitado al Pueblo de Dios a caminar desde Cristo, he sentido la necesidad de desarrollar una reflexión sobre el Rosario, en cierto modo como coronación mariana de dicha Carta apostólica, para exhortar a la contemplación del rostro de Cristo en compañía y a ejemplo de su Santísima Madre».
 
Se trata, en efecto, para obtener la paz, de «desarrollar una reflexión sobre el Rosario». ¿Es decir que la paz depende del Corazón Inmaculado de María? No, ya que «El Rosario no es la oración que se cree», según el título de La Croix que expresa muy exactamente el pensamiento contenido en la Carta apostólica. El Rosario no es lo que sor Lucía cree, en su Carmelo, ni lo que Francisco y Jacinta creían. Se trata pues de «desarrollar una reflexión sobre el Rosario» en la escuela de León XIII, de Pablo VI, y del concilio Vaticano II. [«Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, un comentario-oración sobre el capítulo final de la Constitución Lumen Géntium», ¡lo que es realmente invertir los papeles!] y, sobre todo, de Juan Pablo II, «resaltando el carácter cristológico del Rosario», —entiéndase: sobre el mariológico—. Resumidamente: «Juan Pablo II quiere cambiar la imagen envejecida de este oración», subtitula La Croix. No podría expresarse mejor.
  
Yves Pitette advierte en efecto con satisfacción que
«la Carta apostólica no olvida nada de las objeciones, de los riesgos de “práctica árida y aburrida”, de un “método basado en la repetición” ni incluso del peligro de percepción del tercio “como un amuleto o un objeto mágico, haciendo una idea radical sobre su sentido y sobre su función”».
 
¿El remedio? Helo aquí: «Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo». Por sí sola, esta absurda afirmación revela toda la intención de Juan Pablo II, que es desviarnos de María, para «centrarnos de vuelta» sobre Cristo: no rogar a María, sino rogar con María. Es la clave de este increíble documento, impreso de una verdadera detestación de la Santísima Virgen: «Una cosa está clara: si la repetición del Ave Maria se dirige directamente a María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige a Jesús» (n° 26).
 
«Para dar mayor realce a esta invitación, con ocasión del próximo ciento veinte aniversario de la mencionada Encíclica de León XIII, deseo que a lo largo del año se proponga y valore de manera particular esta oración en las diversas comunidades cristianas. Proclamo, por tanto, el año que va de este octubre a octubre de 2003 Año del Rosario». Juan Pablo II espera frutos «para la contemplación personal, la formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización». ¿Y la salvación de las almas?
 
¿Por qué de octubre a octubre? La respuesta parecería obvia: porque el mes de octubre es el mes del Rosario. ¡Nada de eso!… Juan Pablo II ni siquiera nombra la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, del 7 de octubre, sino solamente el aniversario de su elección (16 de octubre de 1978), así como el «recordando con gozo también otro aniversario: los 40 años del comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 de octubre de 1962), el “gran don de gracia” dispensada por el espíritu de Dios a la Iglesia de nuestro tiempo».

Parte II: MARÍA HA SIDO EXCLUIDA, SIN PAPELES EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
En Fátima, Nuestra Señora anunció, el 13 de julio de 1917, que para impedir la guerra, el hambre y las persecuciones contra la Iglesia y el Papa, Ella vendría a pedir la consagración de Rusia a su Corazón Inmaculado y la Comunión reparadora de los primeros sábados. Después, el 13 de octubre, se nombró: «Soy Nuestra Señora del Rosario». Y se mostró a los tres videntes «junto al sol», con san José y el Niño Jesús.
 
Tuvo palabra. El 10 de diciembre de 1925, apareció a Lucía, en su celda de Pontevedra, en compañía del Niño Jesús, y le dijo: «A todos los que, durante cinco meses, el primer sábado, se confesaren, recibieren la santa Comunión, recitaren un tercio, y me hicieren compañía durante quince minutos meditando sobre los quince misterios del Rosario, en espíritu de reparación, yo les prometo asistirlos a la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de su alma».
 
Juan Pablo II no hace caso de esto, o más bien aumenta las apuestas. Escribe: «Con toda su obra y, en particular, a través de los “Quince Sábados”, Bartolomé Longo desarrolló el meollo cristológico y contemplativo del Rosario, que ha contado con un particular aliento y apoyo en León XIII, el “Papa del Rosario”». ¡Nuestra Señora de Fátima excluida!
 
Después de los misterios gozosos, he aquí pues cinco «misterios luminosos», consagrados a la vida pública de Cristo:
  1. Su bautismo en el Jordán.
  2. Su autorrevelación (sic) en las bodas de Caná.
  3. El anuncio del Reino de Dios con la invitación a la conversión.
  4. Su Transfiguración.
  5. La institución de la Eucaristía.
 
¿Por qué esta adición? No solamente para «convertirnos» de un culto «exagerado» a la Virgen a un culto «iluminado» a Cristo, iluminado a la luz de los «misterios luminosos»… sino también «para que pueda decirse que el Rosario es más plenamente ‘compendio del Evangelio’.»
 
En realidad, ya es, en su «contexto original», un compendio no solamente del Evangelio, sino de toda la Biblia. Como lo explicó el Padre de Nantes en su comentario exegético y místico de los Salmos, el Rosario, con sus 150 Avemarías, es «el salterio del pobre».
  
En cuanto al bautismo de Cristo en Jordán, no es más que la figura de su Pasión y su muerte. Por eso, al omitirlo, el Rosario no hace más que imitar a San Juan… ¡que tampoco lo incluye en su Evangelio! ¡Por otra parte, San Juan omite también la Transfiguración, así como a la institución de la Eucaristía! No es el lugar de explicar por qué, sino solamente de observar que «el contexto original» del Rosario imita bastante bien la trama del cuarto Evangelio…
 
De hecho, lo importante en el pensamiento de Juan Pablo II es el segundo «misterio luminoso» de Cristo: «su autorrevelación en las bodas de Cana». En Persona y Acto, Karol Wojtyla ya colocaba que la autodeterminación, o libertad en el acto, «revela la estructura de autoposesión y autodeterminación como esencial a la persona» (Ed. Le Centurion, p. 128; cf. CRC N° 195, diciembre de 1983, editorial). Aquí, la palabra autorrevelación significa que Cristo revela allí Él mismo su gloria, por su milagro, como dice San Juan:
«Manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él» (Jn 2, 11).
 
Mientras que en el bautismo del Jordán, como en la Transfiguración, es la voz del Padre que revela:
«Éste es mi querido Hijo, en quien tengo puesta toda mi complacencia. Escuchadle a Él».
 
En Caná es una «autorrevelación», según Juan Pablo II. Hoy en día, sería necesario más bien traducir por «autoproclamación». ¿Por qué le da tanta importancia? Porque se trata, para Juan Pablo II, de «profundizar en la implicación antropológica» y no solamente «cristológica» del Rosario. Más precisamente:
«Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida —escribe—, descubre también en Él la verdad sobre el hombre. Ésta es la gran afirmación del Concilio Vaticano II, que tantas veces he hecho objeto de mi magisterio».
 
Se lee en una nota la inevitable referencia a Gáudium et spes, capítulo 22, de donde el papa cita una frase:
«En realidad, el misterio del hombre sólo se enciende realmente en el misterio del Verbo encarnado».
Luego conecta:
«Contemplando su nacimiento [el hombre] aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios».
 
Y de hecho, éste fue el estribillo de Juan Pablo II desde el principio de su pontificado; por ejemplo a la vuelta de un desplazamiento en Turín en 1980, se apresuraba a comunicar urbi et orbi, en el Regína Cœli del 20 de abril: «el fruto de esta peregrinación pascual y esta visita»:
«Es una nueva experiencia de la fe en Cristo que vuelve a dar constantemente al hombre la alegría de ser hombre. Sí, Cristo da al hombre esta alegría. Y ése es el mayor don. Es el fundamento de todo lo que los hombres desean y pueden realizar a través de cualquiera de sus programas o ideologías».
 
Hoy, veinte años después, Juan Pablo II persiste y firma:
«Se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del hombre».
 
Henos aquí retornados del Cielo… ¡a la tierra!
«El primer ciclo, el de los “misterios gozosos”, se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación.» La alegría del hombre de ser hombre. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: “Alégrate, María”. A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. Es la historia de la humanidad toda entera que constituye una “historia santa”, y no solamente la historia del pueblo judío.
 
«En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.» (n° 20) Por último, es toda la humanidad que está «llena de gracias».
 
De golpe, la Visitación no es más un «misterio», es una «escena», que baña en la alegría, así como «la escena de Belén»: «El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen “saltar de alegría” a Juan (cf. Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como “una gran alegría” (Lc 2, 10)» (n° 20). La alegría, para el Niño divino, el Salvador del mundo, de ser hombre.
 
Incluso los misterios gloriosos, en vez de hacernos gustar las cosas de Arriba, nos traen de vuelta abajo:
«¿Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios? En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo» (n° 40).
 
¡Es precisamente lo que Dios no quiere!
«En cuanto a la gracia de la paz —escribía sor Lucía el 12 de junio de 1967— cuando todo parezca perdido, entonces se verá el milagro. Antes, se lo atribuiría a la intervención de los hombres. Tal es mi confianza pero esta confianza exige oración y penitencia. Sobre todo la penitencia que nos impulsa a abandonar nuestra vida de pecado, es la que se comprende menos y es la más necesaria para obtener la gracia. Dios quiera hacer comprender esto a las almas».
 
¿Pero cómo podría, si el Papa pone un obstáculo? En otra carta del mismo mes de junio de 1967, sor Lucía escribe:
«No podemos tomar descansos, en tanto no consigamos arrancar esta gracia [de la paz] del Corazón de Dios por la mediación del Corazón Inmaculado de María».

Hace más. No se contenta con «quince misterios»: «De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad eclesial [y por la Virgen en Persona], sólo considera algunos. Dicha selección proviene del contexto original de esta oración, que se organizó teniendo en cuenta el número 150, que es el mismo de los Salmos».
«Para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. En efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: “Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo”» (Jn 9, 5).

Parte III: ¡SATANÁS, EL LADRÓN DE LA INMACULADA!
Juan Pablo II entra pues en competencia con la Madre de Dios. De Ella, lo sabemos, depende la paz del mundo, mediante la comunión reparadora de los primeros sábados y la consagración de Rusia:
«Si este acto por el cual se nos concederá la paz, no se produce —avisa sor Lucía desde 1940—, la guerra cesará sólo cuando la sangre derramada por los mártires sea suficiente para apaciguar a la divina justicia».
 
Nadie puede negar que desde 1940 la guerra no cesó. Ahora bien, Juan Pablo II se substituye a la Virgen negándose a consagrar Rusia a su Corazón Inmaculado, y predicando el desarme:
«Comprometámonos solemnemente, aquí y ahora —lanzaba en Hiroshima el 25 de febrero de 1981— a nunca más permitir (y menos buscar) que la guerra sea un medio de solucionar los conflictos. Prometamos a nuestros hermanos en humanidad trabajar sin cansarnos en el desarme y en la condena de todas las armas atómicas. Sustituyamos la dominación y el odio por la confianza mutua y la solidaridad».
 
En 1940, sor Lucía escribía al obispo de Leiria:
«¡Ah! ¡si el mundo supiera el momento de gracia que le es concedido e hiciera penitencia!»
 
En vano se busca esta llamada a la penitencia en la Carta apostólica de Juan Pablo II. Por una buena razón: la «penitencia» que pide la Santísima Virgen es la abjuración de la «autoproclamación» que Wojtyla impone a la Iglesia desde hace veinticinco años, y que la Virgen del Rosario aplasta hoy bajo la señal de «Caná».
  
En efecto, en las bodas de Cana la Madre de Jesús habla como Dios Padre:
«Haced todo lo que Él os diga».
Es también lo que dice la voz del Padre que rasga la nube en el Bautismo del Jordán o sobre la montaña de la Transfiguración:
«Éste es mi querido Hijo en quien tengo puesta toda mi complacencia. ¡Escuchadle a Él!»
 
La Virgen dicho a los criados, de la misma manera, con autoridad soberana: «¡Haced todo lo que Él os diga» sabiendo que «Éste es su querido Hijo» que no le negará nada porque tiene todo su favor.
  
Por Sí mismo, en su… «autonomía», a María que le decía: «No tienen más vino», Jesús comenzó por responder que la «Hora» de su revelación —de mostrar su gloria— «aún no había venido».
 
Pero sobre la palabra de su Madre a los criados: «Haced todo lo que Él os diga», consiente en anticiparla. ¡Es pues todo lo contrario de una «autorrevelación»! Es ella la que manda a este Hijo que es uno con Ella, como es uno con su Padre. Y es Ella la que nos manda nosotros, como el Padre en el día del Bautismo o la Transfiguración.
 
«Haced todo lo que Él os diga»
Pasa pues primera, y Jesús la obedece, y sólo por su intervención obedecemos a Jesús… Ella es Reina… y es por eso que es la Criatura más odiada por las potencias infernales y también la más amada por el Corazón de Dios.
 
Jesús está donde está María. Y allí donde está María, allí está la Iglesia. Ella es la Madre del género humano redimido. En el Corazón Inmaculado de María está nuestro refugio. Desde que Ella dijo a Lucía:
«Mi Corazón Inmaculado será tu refugio», 
tenemos en efecto,
«un poderosísimo consuelo, los que consideramos nuestro refugio y ponemos la mira en alcanzar los bienes que nos propone la esperanza» (Hb 6, 19),
como un náufrago toma una pértiga que se le tiende:
«La cual sirve a nuestra alma como de una áncora segura y firme, y penetra el velo adentro: Donde entró Jesús por nosotros, nuestro precursor, pontífice por toda la eternidad según el orden de Melquisedec».
 
Fuera de allí no hay salvación. Es ella quien nos lleva, a nosotros sus hijos, a la fuente de la gracia y de la gloria en el seno del Padre en la única Sabiduría filial y el Amor espiritual, es decir… ¡al Cielo, meta de todos nuestros trabajos!

SOLEMNIDAD DEL NACIMIENTO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

El año de la creación del mundo, cuando en el principio crió Dios el cielo y la tierra, cinco mil ciento noventa y nueve; del diluvio, el año dos mil novecientos cincuenta y siete; del nacimiento de Abraham, el año dos mil quince; desde Moisés y la salida del pueblo de Israel de Egipto, el mil quinientos diez; desde que David fue ungido Rey, el mil treinta y dos; en la Semana sexagésima quinta, según la profecía de Daniel; en la Olimpíada ciento noventa y cuatro; de la fundación, de Roma, el año setecientos cincuenta y dos; del Imperio de Octaviano Augusto, el cuarenta y dos; estando todo el Orbe en paz, en la sexta edad del mundo, Jesucristo, eterno Dios, e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar el mundo con su misericordiosísimo advenimiento, concebido del Espíritu Santo, y pasados nueve meses después de su concepción, nace en Belén de Judá, de la Virgen María, hecho Hombre.

María dio a luz a su hijo primogénito,
y lo envolvió en pañales, y lo recostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en la hostería.
(Lucas 2, 7)


Adoración de los Pastores al Niño Jesús


Augusto, señor del mundo, había ordenado un censo general y preparó así, sin saberlo, el cumplimiento de las profecías; María y José debieron trasladarse a Belén. Carentes de un techo hospitalario, se retiraron a una gruta que albergaba a un buey. ¡Allí fue donde nació el verdadero Señor del mundo! Envuelto en pobres pañales y acostado en un pesebre de piedra sobre un poco de paja, no fue calentado sino por el amor materno y paterno y por el aliento del buey de los pastores y el asno de los pobres viajeros. A estos homenajes se asoció toda la creación espiritual y material: los ángeles del cielo anunciaron al Salvador, primero al pueblo de Dios y a los humildes en la persona de los pastores, que acudieron a la gruta; después, una estrella misteriosa llevó a ella a los magos, primicias de la gentilidad y de los grandes. Toda la tierra estaba entonces convidada a entrar en el divino redil. ¡Gloria a Dios y paz a los hombres!

MEDITACIÓN SOBRE LA NATIVIDAD DE JESÚS

I. La desnudez del Hijo de Dios hecho hombre debe inspirarnos el desprecio de las riquezas y el amor de la pobreza. Jesús es abandonado por todos; carece de fuego, tiene sólo algunos pañales para defenderse de los rigores del frío. Es la primera lección que Dios nos da viniendo a este mundo; ¿cómo lo escuchamos nosotros? ¿Qué amor tenemos por la pobreza? Tanto la ha amado Jesús, que ha descendido del cielo para practicarla. ¿Qué remedio aplicar a la avaricia si la pobreza del Hijo de Dios no la cura? (San Agustín).

II. La humildad brilla con admirable fulgor en el nacimiento de mi divino Maestro. Quiere nacer en un establo, de una madre pobre, esposa de un pobre artesano: todo en este misterio nos predica humildad. ¿Podríamos dejarnos todavía arrastrar a la vanidad? ¿Ambicionaremos todavía dignidades y honores? Aprendamos hoy lo que debemos amar y estimar; persuadámonos de que la verdadera grandeza de un cristiano consiste en imitar a Jesús y en humillarse.

III. El amor de Jesús por los hombres lo redujo a estado tan pobre y tan humilde. El hombre se había perdido queriendo hacerse semejante a Dios; Dios lo redime tomando su naturaleza y sus debilidades. Quiso Jesús hacerse semejante a nosotros; respondamos a su amor haciéndonos semejantes a Él. Él quiere nacer en nuestro corazón por la gracia; no le neguemos la entrada y cuando esté en él, conservémoslo mediante la práctica de las buenas obras. Cristo nace en nuestra alma, en ella crece y se desarrolla: pidámosle que no quede mucho tiempo pobre y débil (San Paulino).

La humildad.
Orad por la Iglesia.

ORACIÓN

Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que el nuevo nacimiento según la carne de vuestro Hijo unigénito, nos libre de la antigua servidumbre a que nos tiene sujetos el pecado. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 24 de diciembre de 2009

PROFECÍA DE SAN ANTONIO ABAD



"Los hombre se someterán al espíritu de la edad. Ellos dirán que si hubieran vivido en nuestros días, la fe hubiera sido simple y fácil. Pero en sus tiempos, ellos dirán, que las cosas son complejas, y que la Iglesia debe ser actualizada de acuerdo a los tiempos y sus problemáticas. Cuando el mundo y la Iglesia sean uno, entonces esos días habrán llegado"


SAN ANTONIO ABAD (SIGLO IV)

JUAN PABLO II HABLABA CON LA VIRGEN ¡JAJAJAJAJAJA!

Vendrán falsos apóstoles, para destruir Mi Reino. Pero no lo lograrán, pues mi Hijo los vencerá. (Mensaje de María Reina Inmaculada a Jorge de la Compasión)

De Radio Cristiandad

Juan Pablo II veía a la Virgen



Esta mañana, antes que se supiera la información concerniente a la declaración de las virtudes heróicas de Juan Pablo II, Andrea Tornielli ha revelado en Il Giornale que el Santo Padre veía a la Vírgen.



[...]



La revelación que Il Giornale anticipa, estará contenida en el número del mes de Enero de “La Voce di Padre Pio”, popular mensual de los capuchinos de San Giovanni Rotondo que informa sobre el frayle santo. Se trata de una entrevista concedida al director de “Teleradio Padre Pio”, Stefano Campanella, por el cardenal polaco Maria Deskur, amigo personal de Karol Wojtyla desde los tiempos del seminario clandestino de Cracovia, al que asistieron juntos durante la guerra. Entrevistado el 30 de Enero de 2004, Deskur ha dicho: «El Santo Padre, nuestro santo Padre es un místico. Solo en Coimbra lo supe. Me enteré que veía a la Vírgen. Hice una visita a la sobreviviente de los videntes, Sor Lucía. Porque decían que el Papa no había observado todas las recomendaciones de la Vírgen de Fátima, pregunto: “¿debo referir algo al Santo Padre?”. Responde: “No es necesario, porque la Vírgen le habla directamente”»



Y continúa Tornielli diciendo que en su momento no se podía revelar esta información, ya que el Papa aún vivía, pero ahora que está muerto hay luz verde para hacerlo.



Visto en Secretum Meum Mihi

Jorge de la Compasión dice: Lindos que andan en la iglesia conciliar, poniendo aurora de vidente al antipapa Juan Pablo II. Pero Dios sabe que ellos mienten.

MENSAJE DE NAVIDAD DEL SIERVO DE DIOS JORGE DE LA COMPASIÓN




Queridísimos hermanos, en nombre de Cristo Rey y María Inmaculada os doy mis más sinceros saludos por este nuevo aniversario del Nacimiento de Jesucristo Nuestro Señor.

En esta fecha tan admirable, una vez más doy gracias a Dios por permitirme iniciar este ministerio hace nueve meses, en la solemnidad de la Anunciación a María. La verdad, ha sido bastante difícil, pues me he enfrentado a gentes que buscan denigrar al siervo de Dios y destruir la Obra; pero ellos fracasaron en su intento, pues El Señor y su Santísima Madre están conmigo en esta batalla.

Por otro lado, agradezco a todos los que, con sus oraciones y aportes, apoyan la causa Católica e Hispana. Sería larga la lista de todos ellos, pero aún así los tengo presentes.

Quiera Dios que me permita llegar al 2010 en gracia, salud y lucidez para continuar la misión.

Para todos vosotros, lectores, amigos y hermanos, feliz navidad, próspero año y que Dios nos libre del mal y del maligno (y de la iglesia conciliar).

Benedicamus Domine in Christo Jesu et Maria Immaculata,
+Jorge de la Compasión

Año del Señor 2009, a 25 de Diciembre, XXX de la Cruzada.

VÍSPERA DE LA NAVIDAD



MEDITACIÓN SOBRE LAS VÍSPERAS DE NAVIDAD

I. María busca en Belén una casa donde guarecerse; llama a todas las puertas y nadie la recibe. ¿Cuánto tiempo hace ya que Jesús está a las puertas de tu corazón? Llama con golpes insistentes y tú te haces el sordo. Es preciso que me purifique hoy de mis pecados mediante una santa confesión. ¿Qué es, en efecto, lo que aleja a Jesús y lo indispone contra mí, sino mi orgullo, mi cobardía, mi apego a los bienes de la tierra y a las comodidades de la vida? Quiero, pues, arrojar de mi alma a estos enemigos de mi amable Salvador.

II. Hay cristianos que reciben a Jesús, pero para tratarlo tal como deseaba hacerlo Herodes. Mañana Jesucristo descenderá hasta ti, ¡ten cuidado de recibir a este Huésped benévolo de manera digna de Él! ¿No lo alojarás en un corazón manchado por el pecado? ¿No lo echarás de allí recayendo muy pronto en las mismas faltas? Reflexiona con cuidado: Aquellos que entregan a Jesús a miembros manchados por el pecado no son menos culpables que los que lo entregaron en las manos crminales de los judíos (San Agustín).


III. Vete a contemplar a Jesús en la Misa de medianoche; asiste a ella con devoción, humildad y fe semejantes a las de los pastores: verás en el altar al mismo Dios que ellos vieron en el pesebre. Piensa en los sentimientos de respeto, de amor y humildad que María y José tuvieron para con este adorable Niño; adóralo, humíllate ante Él, recíbelo con amor y ofrécele el presente de tu corazón.

lunes, 21 de diciembre de 2009

SANTO TOMÁS APÓSTOL

Tú has creído porque me has visto, Tomás:
bienaventurados aquellos que sin haber visto han creído.
(Juan 20, 28)


La duda de Tomás


Santo Tomás, oscuro galileo, siguió a Jesús desde el primer año de su ministerio público; pero huyó en el momento de su Pasión. No quiso creer que Jesús hubiese resucitado antes de verlo con sus propios ojos. Así uno de los hombres que debían anunciar al Salvador al universo defeccionó primero y, enseguida, fue difícil de convencer: fue preciso que el Salvador le hiciese meter la mano en sus adorables llagas. Dice la Tradición que después se trasladó a la India a predicar el Evangelio y recibió allí la corona del martirio en edad muy avanzada.

MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SANTO TOMÁS

I. Primero Santo Tomás fue incrédulo: no quiso prestar fe a la resurrección a no ser viendo con sus propios ojos al Salvador. “Bienaventurados, le dijo Jesucristo, aquellos que sin haber visto han creído”. ¿Soy yo uno de éstos? ¡Ah! si creyese firmemente que Jesús ha muerto por mí, que existe un infierno y un cielo, ¿acaso no viviría más santamente? ¡Desventurados aquellos que esperan los castigos de Dios para creer! (San Eusebio). 

II. La fe de este santo Apóstol se despertó una vez que Jesús le hubo hablado y que tocó sus sagradas llagas. También tú en estas fuentes del Salvador debes, alma mía, refugiarte para reanimar tu fe, fortificar tu esperanza y aumentar tu caridad. ¿Estoy yo enteramente convencido de que Jesús ha sufrido por mí en todo su cuerpo? Si lo creo, ¿cómo puedo amar los placeres, sabiendo que Jesús no amó sino los sufrimientos?

III. Santo Tomás probó su fe mediante sus buenas obras. Llevó el Evangelio a los países más lejanos y selló con su propia sangre la verdad de su enseñanza. En vano tus palabras dan fe de que crees en Jesucristo, si tus acciones desmienten a tu lenguaje. ¿Estás pronto a morir por confirmar tu fe? Tú, que pierdes el cielo y la gracia de Dios antes que privarte de un ligero placer, ¿eres cristiano? Si ni siquiera puedo en ti reconocer a un hombre razonable, ¿cómo habría de darte el nombre de cristiano? (San Juan Crisóstomo).

La fe.
Orad por la India.

ORACIÓN

Señor, concedednos la gracia de celebrar con gozo la fiesta de vuestro apóstol Santo Tomás, a fin de que su protección nos ayude e imitemos su fe con una piedad digna de ella. Por J. C. N. S. Amén